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SECUELAS NEUROPSICOLÓGICAS DE LAS INTOXICACIONES AGUDAS POR PLAGUICIDAS INHIBIDORES DE LAS COLINESTERASAS

Roldán-Tapia, L.; Sánchez-Santed, F. 

Dpto. de Neurociencia y Ciencias de la Salud. Universidad de Almería. España. 

En los últimos años algunos estudios han señalado las posibles secuelas neuropsicológicas derivadas de la intoxicación aguda por algunos tipos de sustancias, entre ellos los inhibidores de las colinesterasas (1,2,3). Estos inhibidores, carbamatos y organofosforados (Ops), han sido utilizados en la industria, en el lavado de ganado, como insecticidas e incluso como agentes químicos en atentados terroristas y guerras. Actualmente está muy difundido su uso como plaguicida. Dicho uso es de especial relevancia en zonas como el poniente almeriense, donde la agricultura intensiva de invernaderos, junto con condiciones de uso y manipulación de estos productos, hace que se registren un buen número de intoxicaciones (4). Pero este hecho no es aislado, ya en 1955 se publicó el primer estudio clínico que describe intoxicaciones por estas sustancias en trabajadores. Están bien definidas algunas de las secuelas neurotóxicas que se derivan de dichas intoxicaciones: síndrome colinérgico agudo (5), síndrome intermedio (6) y polineuropatía retardada inducida por OP (OPIDN) (7). En las últimas décadas se han realizado varios estudios que miden las alteraciones neuropsicológicas a largo plazo producidas por la intoxicación aguda con estas sustancias, apuntando a que tanto la inhibición de las colinesterasas como otros fenómenos bioquímicos (interacción con otras esterasas) que se producen tras los envenenamientos, pueden tener consecuencias neurotóxicas permanentes. ). Por tanto, la presente comunicación pretende poner orden en el conjunto de datos que aportan los diversos estudios, analizando y contrastando los protocolos de evaluación realizados, los resultados de las medidas bioquímicas neurofisiológicas y neurocognitivas, el tipo de intoxicaciones y el tiempo transcurrido tras estas, de forma que puedan servir de resumen y guía para posibles trabajos futuros.

INTRODUCCIÓN:

El envenenamiento agudo por exposición a plaguicidas inhibidores de las colinesterasas, organofosforados (OPs) y carbamatos, es muy común en agricultores, especialmente en el tercer mundo y en regiones dedicadas al cultivo intensivo, causando una importante morbilidad y mortalidad. Aunque los datos disponibles son inadecuados para cuantificar la extensión de dicho problema, estudios recientes sugieren que cada año se producen 3 millones de envenenamientos agudos severos con unas 200.000 muertes [1].

En la provincia de Almería, en la que la agricultura bajo plástico y los productos asociados a ésta es la principal fuente de economía, se producen un alto número de intoxicaciones por las condiciones que dicho tipo de agricultura conlleva (alta temperatura, humedad y concentración) y por el ineficaz uso de los equipos de protección. Cifras muy recientes aportadas por la Delegación de Almería de la Consejería de Salud y basadas en un Programa de Vigilancia Especial de intoxicaciones agudas por plaguicidas, reflejan 129 casos en la provincia de Almería durante el año 2000 [2]. La mayoría de estas intoxicaciones se producen por Ops o carbamatos, y en algunos casos por piretroides, organoclorados o la mezcla de algunos de estos productos. A esta sorprendente cifra hay que añadir el número de intoxicaciones leves que al ser tratadas en ambulatorios o carecer de asistencia, no han sido registradas hasta el momento.

Entre las causas por las que un organismo se ve expuesto a substancias tóxicas tales como los OPs destaca los accidentes laborales y la ingesta voluntaria[3].En el primer caso, por la exposición inadvertida en el lugar de trabajo, principalmente al manipular estas substancias en labores agrícolas y ganaderas (fumigación en las cosechas para controlar plagas, lavado de animales, etc.). En el segundo, la ingesta voluntaria ocurre por intentos de suicidio. Los riesgos por exposición a estos compuestos en la población general, a través del consumo de productos agrícolas, son muy bajos siempre que se cumplan las condiciones de aplicación de los insecticidas y eliminación de los residuos (World Health Organization, 1992). Sin embargo, su uso como agentes químicos de guerra o para su profilaxis, ha causado múltiples secuelas físicas y neurocognitivas recientemente investigadas tras la Guerra del Golfo [4][5].

En general, tras una intoxicación por estas sustancias la secuencia de eventos que se produce está bien definida: síndrome colinérgico, síndrome intermedio (en algunos casos) y neuropatía demorada inducida por algunos Ops (OPIDN). En las últimas décadas se han registrado también la presencia de alteraciones cognitivas, variables dependiendo de los estudios y de las muestras empleadas, y que persisten, al menos, algunos durante meses e incluso años tras el envenenamiento., dependiendo de los estudios Este conjunto de alteraciones se ha dado en llamar COPIND (Chronic Organophosphate Induced Neuropsychiatric Disorder) [3][6].

La toxicidad aguda de los Ops y carbamatos) está asociada con la acumulación del neurotransmisor acetilcolina (Ach) en las terminales nerviosas, debido a la inhibición de las enzimas colinesterasas, cuya actividad biológica más conocida es la hidrólisis de la Ach. Esta acumulación de la Ach da lugar a una excesiva estimulación de los receptores colinérgicos muscarínicos y nicotínicos en el Sistema Nervioso Central (SNC), Sistema Nervioso Periférico (SNP) y Sistema Nervioso Autónomo [3]. La sobrestimulación colinérgica elicita signos de toxicidad, tales como disfunción autonómica (ej. secreción excesiva del sistema de excreción, glándulas salivares y glándulas lacrimales, micción e inhibición de la respuesta pupilar), movimientos involuntarios (ej. tremor, movimientos repetitivos de boca y mandíbula, temblor y convulsiones), fasciculación muscular, decremento en la actividad motora, y por último, depresión respiratoria pudiéndose producir la muerte [7][8].

Los síntomas colinérgicos agudos pueden ocurrir en combinaciones diferentes variando el tiempo de inicio, secuencia y duración de los mismos en función de una variedad de factores, de entre los que cabe destacar la sustancia química utilizada, la dosis y la ruta de exposición [3]. En concreto, los síntomas por envenenamiento colinérgico suelen ocurrir a los pocos minutos u horas de la exposición, generalmente menos de 12 ó 24h, aunque en algunos casos pueden transcurrir varios días o semanas debido al almacenamiento lipídico inicial y a la subsiguiente distribución. El síndrome se caracteriza por alteraciones neurológicas periféricas y centrales que incluyen de manera genérica: alteraciones neuromotoras, alteraciones sensoriales, alteraciones de reactividad, síntomas neurológicos autonómicos y alteraciones neuropsicológicas [9][10][11].
Un tipo diferente de efecto neurotóxico ha sido observado en pacientes que sufrieron intoxicaciones por Ops, usualmente a altas dosis de exposición. Descrito como “Síndrome Intermedio”, aparece entre las 24 y 96 horas tras el envenenamiento y se caracteriza por una marcada debilidad en la musculatura inervada por los nervios craneales II a VII y X, parálisis de las extremidades proximales, debilidad de los músculos flexores del cuello y un rápido desarrollo de insuficiencia respiratoria. Se propone que el síndrome intermedio se asocia con una disfunción de la unión post-sináptica neuromuscular, causada por la excesiva acumulación de Ach, que produce una desensibilización de los receptores del transmisor y la consecuente reducción de la función muscular [12][13].
Uno de los efectos neurotóxicos a largo plazo, mejor establecidos y documentados, es el síndrome conocido como OPIDN (Organophosphorus Induced Delayed Neuropathy), que ha sido definido como una polineuropatía sensoriomotor distal, de comienzo demorado periférico-central causada por la exposición a algunos Ops.
Algunos organofosforados usados como insecticidas guerra (tales como leptofos, TOCP) o agentes químicos de han sido asociados con casos de OPIDN en humanos. Hay algunos productos como el soman, sarin, tabún y VX (gases nerviosos) que sólo producen OPIDN si se produce intoxicación por altas dosis (superiores a LD50) [14]. Los síntomas iniciales incluyen falta de coordinación muscular, pérdida de sensibilidad, hormigueo y fatiga, evolucionando desde una debilidad muscular moderada a severa, y parálisis en los miembros inferiores, excepto en los casos severos en los que también se ven afectados los miembros superiores. El comienzo ocurre tras una demora de la intoxicación (7-14 días), la recuperación es lenta y no suele ser completa, además no existe tratamiento efectivo para esta neuropatía [15].

El desarrollo de la neuropatía no parece estar relacionada con la inhibición de las colinesterasas producida, en este caso, por los Ops, de hecho no parece ser esta enzima el sitio diana de acción de los Ops. Experimentalmente se ha establecido que los Ops que inducen OPIDN, lo hacen a través de la inhibición de otra enzima que se conoce como NTE (neuropathy target esterase). Esta proteína, la NTE, se encuentra distribuida ampliamente por el sistema nervioso, principalmente en cerebro y médula espinal, y en otros tejidos como el intestino, riñones y linfocitos [16]. También se ha revelado la presencia de NTE en la membrana del retículo endoplasmático y posiblemente otros organelos celulares. Es expresada por las neuronas desde los primeros momentos, tal y como apuntan las técnicas de hibridación in situ, apoyando la idea de que media en la interacción celular durante el proceso de desarrollo del sistema nervioso. Aunque bien es cierto que, como señalan algunos autores, la función bioquímica de la NTE sigue siendo un misterio [17].

La aparición de la OPIDN está relacionada con la presencia de dos eventos: la fosforilación y consecuente inhibición de la NTE (sobre un 70% [13]) y el proceso conocido como aging que consiste en la pérdida por parte del Ops de uno de los grupos R [18]. Se proponen dos mecanismos para el desarrollo de la OPIDN, la degeneración axonal y la alteración en el citoesqueleto que podrían ser responsables de la desmielinización [19]. Pero parece claro, que la sola inhibición de la NTE no es la responsable del desarrollo de la OPIDN, ya que otros productos como carbamatos o fosfatos o sulfatos, también la inhiben y ninguno de ellos produce neuropatía [20][18].

Cada vez son más los estudios que indican que los OPs pueden inducir efectos crónicos, que ocurren tras los efectos severos y que pueden durar meses e incluso años, sobre el SNC y SNP, ya sea tras una intoxicación aguda o siguiendo a exposiciones repetidas de cantidades subclínicas de OPs.

Exposiciones a altas concentraciones de insecticidas organofosforados y carbamatos (suicidio intencional, exposición ocupacional o ingestión accidental) han resultado en un buen números de incidentes implicando déficit sensoriales, neuroconductuales, cognitivos y neuromusculares a largo plazo. Se han hecho algunos esfuerzos para estudiar las secuelas de esas intoxicaciones que comenzaron por reportes puramente anecdóticos para pasar a estudios mejor diseñados y controlados y que han apoyado la idea de la existencia de secuelas, al menos, psicológicas y cognitivas, apuntando a disfunciones persistentes del sistema nervioso central [13].

En los primeros momentos del despliegue del uso de OPs como plaguicidas y antes de que su toxicidad fuera totalmente apreciada, algunos estudios describieron signos y síntomas persistentes en agricultores que podrían estar asociados a los efectos de estos productos sobre el SNC. Como por ejemplo el de grupo de Stoller (1965) en el que referían síntomas psicológicos en pacientes intoxicados pero que se recuperaban tras la convalecencia. Estos datos fueron tomados casi como anecdóticos. En ese mismo tiempo, Durham y colaboradores (1965) presentaron un estudio de 187 casos que habían sufrido intoxicaciones en los que evaluó la alerta mental y la respuesta de los reflejos. Los síntomas también parecían recuperarse pasado un tiempo [1].

Años después se realizó el primer estudio controlado que señalaba alteraciones neuropsicológicas tras la intoxicación a Ops. Fue presentado por el grupo de Savage en 1988 [10], quiénes evaluaron a 100 sujetos (Ver Tabla 1) que habían sufrido intoxicación (desde 1950-1976) por Ops comparando su ejecución con un grupo de controles de similares características. Los criterios de exclusión se basaron en la edad (menores de 16 años excluidos), en historia previa de daño cerebral o abuso de drogas y/o alcohol. A cada sujeto se le realizó exploración física, neurológica y electroencefalográfica. También se tomaron medidas de colinesterasa en sangre.

Autores Sujetos (n) Medidas complementarias a la exploración neuropsicológica
Savage (1989) Intoxicados (100)  vs. Controles  (100) Exploración física y neurológica . EEG. Colinesterasa

Rosenstock  (1991)

Intoxicados (36) vs. Controles (25)  
Steenland (1994) Intoxicados (128) vs Controles (90) Análisis postural. Examen neurológico y físico. Funciones motoras y cereberales.
Yokoyama (1998) Intoxicados (18) vs Controles (15) Potenciales evocadosa (ERP, VEP, BAEP). Balance postural.
Wesseling (2002) Intoxicados (81) vs Controles  (130). Grupo intoxicados: por Ops (58) y carbamatos (23) Colinesterasa (eritrocitos y plasma)

Tabla 1. Números y tipo de sujetos en los estudios realizados sobre alteraciones neuropsicológicas derivadas de la intoxicación por  sustancias ICEs ERP: event-related evoked potential; VEP: pattern-reversal visual evoked-potential; BAEP: brainstem auditory evoked potential

Además de las tareas usadas en este estudio (ver Tabla 2) tanto los participantes como sus cónyuges completaron algunos cuestionarios subjetivos referente a las habilidades de los sujetos en memoria, habilidades de comunicación, académicas, sensoriales y motoras, habilidades cognitivas y estado emocional.

Autores Tareas usadas Resultados encontrados
Savage (1988) Halstead-Reitan Battery WAIS Peabody  Individual Achievement Test (PIAT) Grooved Pegboard Wisconsin Card Sorting Test (WCST) Thurstone Word Fluency Word Finding Test Story Memory Test MMPI Peor ejecución que el grupo control en: Category, Seashore Rhythm , Finger Oscillation (Halstead-Reitan), Verbal WAIS Subtest , Digit Symbol (WAIS), Peabody Achievement, WSCT, Thurstone Word Fluency, Grooved Pegboard,Word finding, Story Memory
Rosenstock (1991) Vocabulary (WAIS-R) Digit Span (WAIS-R) Digit Vigilance Test Rey Auditory Verbal Learning Benton Visual Retention Test Digit Symbol (WAIS-R) Trail A Block Design (WAIS-R) Pursuit Aiming II Reaction Time Santa Ana Dexterity Test Finger Tapping Brief Symptom Inventory Scandinavian Questionnaire (1)Peores puntuaciones por el grupo de intoxicados en: Digit Span, Digit Symbol, Block Design (WAIS-R) Digit Vigilance, Trail A, , Benton Visual Retention Test, PursuitAiming II, Santa Ana Dexterity Test, 2)Los intoxicados obtienen mayores puntuaciones en: Scandinavian Questionnaire
Steenland (1996) Mood Scale (NES2) Finger Tapping (NES2) Sustained Visual Attention (NES2) Hand-eye Coordination (NES2) Simple Reaction Time (NES2) Symbol Digit (NES2) Pattern Memory (NES2) Serial Digit Learning (NES2) Santa Ana Dexterity Test Pursuit Aiming Test (1)Peores puntuaciones que el grupo control en el grupo de  todos los intoxicados: Sustained Visual Attention Mood Scale (2)Peores puntuaciones en el grupo de intoxicados hospitalizados: Sustained Attention Test Symbol Digit Test
Yokoyama (1998) Digit Symbol (WAIS) Picture Completion (WAIS) Digit Span (WAIS) Finger Tapping (NES) Reaction Time (NES) Continuos Performance  (NES) Paired-Associate (WMS) Profile Mood State (POMS) Posttraumatic Stress Disorder Checklist (PTSD) (1) Los intoxicados obtienen peores puntuaciones en: Digit Symbol Test (2)Los intoxicados obtienen mayores puntuaciones en: Fatigue (POMS), PTSD
Wesseling (2002) Benton Visual Retention Test Rey Verbal Learning Digit Vigilance Digit Span Santa Ana Dexterity Test Pursuit Aiming II Finger Tapping Simple Reaction Test Digit-Symbol Trails A Block Design (WAIS-R) Vocabulary (WAIS-R) Quetionnaire-16 Brief Symptom Inventory (BSI) (1) Intoxicados peores puntuaciones en:  Digit Symbol Test 2)Los intoxicados obtienen mayores puntuaciones en: Scandinavian Questionnaire 3)Estos déficit son más marcados en intoxicados por OPs

Tabla 2. Baterías neuropsicológicas utilizadas y resultados obtenidos en los estudios sobre alteraciones neuropsicológicas en sujetos intoxicados por sustancias ICEs.

Los resultados (Tabla 2) indicaron que no existían diferencias significativas entre el grupo control y el de intoxicados en los exámenes médicos, neurológicos, en el EEG ni en los niveles de colinesterasa. Sin embargo, el examen neuropsicológico demostró alteraciones crónicas en funcionamiento intelectual, habilidades académicas, abstracción y flexibilidad de pensamiento y velocidad y coordinación motora. Así mismo en el índice de deterioro de la Batería Halstead-Reitan mostraron una puntuación que indicaba daño o disfunción cerebral. Se encontraron también diferencias en algunas de las escalas del MMPI como la de ansiedad social, tendencia a la sensibilidad a las críticas y suspicacia. Los informes subjetivos de los sujetos y sus parejas mostraban diferencias significativas en aspectos del lenguaje y la comunicación, la memoria, el funcionamiento cognitivo y las funciones perceptivas, así como en depresión, irritabilidad y confusión. Los resultados de este estudio fueron criticados tiempo después por los criterios de inclusión usados puesto que en la muestra había sujetos intoxicados por organoclorados [21].

En la misma línea, Rosenstock en 1991 [11] presentó un trabajo en población de Nicaragua, en el que evaluaba la ejecución de un grupo de 36 intoxicados en un protocolo de exploración neuropsicológica (Tabla 2). La ejecución de estos fue comparada con un grupo de controles de similares características que tenían contacto habitual con insecticidas pero sin sufrir ningún tipo de intoxicación por estos. La recogida de datos se realizó en períodos de baja exposición para descartar los efectos agudos debidos a éstos. Se controlaba la edad, el consumo de alcohol y el nivel educativo. El tiempo medio tras la intoxicación fue de dos años, y fue recogida la sintomatología y el tratamiento (atropina) en el caso de los sujetos que sufrieron envenenamiento. Como puede observarse en la Tabla 2, los resultados obtenidos mostraban una ejecución diferencialmente más baja en atención, memoria visual, velocidad de procesamiento visomotor, solución de problemas, firmeza, destreza y reacción motora. No se encontraron ningún tipo de alteraciones psiquiátricas, por lo que los autores desecharon que factores como ansiedad y depresión pudieran explicar el perfil neuropsicológico de los intoxicados, arguyendo que episodios aislados de intoxicación por Ops estaban asociados con un declive de las funciones neuropsicológicas.

El tercer estudio de este grupo de trabajos, fue el realizado por Steenland en 1996 [22] en el que fueron evaluados un buen número de sujetos intoxicados accidentalmente por Ops entre 1982 y 1990. Se registraron datos sobre la historia médica de los sujetos así como sobre los días de baja tras el evento y el posible contacto con otros insecticidas. La muestra de intoxicados fue dividida en dos, “casos definitivos” en los que la sintomatología y la inhibición de la colinesterasa eran compatibles con un envenenamiento por Ops, y “casos probables” en los que no había inhibición de la colinesterasa pero mostraban los síntomas relacionados con la intoxicación por exposición directa. La ejecución en los diferentes tests (ver Tabla 2) fue comparada con la de un grupo control igualado en variables demográficas, nivel educativo, consumo de tabaco, alcohol e ingesta de café o té. Los resultados mostraron diferencias entre los intoxicados (ambos grupos) frente a los controles en tareas de atención sostenida y en las escalas de tensión y confusión referentes al estado de ánimo. Este proceso atencional fue el que mostró diferencias también entre los dos grupos de intoxicados, siendo la ejecución peor en el caso de los definitivos. Concluyeron, presentando evidencias estadísticas, que el déficit encontrado se presentaba en todos los sujetos independientemente del tiempo pasado tras la intoxicación.

Las conclusiones obtenidas por este grupo de estudios fueron puestas en tela de juicio, arguyendo que en ninguno de ellos se había considerado la gravedad de la intoxicación, recogiendo datos sobre convulsiones, hipoxia, fallos respiratorios o arritmias que, sólo en el caso de ocurrir, podrían ser la causa de las alteraciones en el sistema nervioso central en vez de ser atribuidas a las intoxicaciones que los sujetos habían sufrido[21].

Otro estudio con una población diferente, fue el realizado en 1998 por Yokoyama y su grupo [23] sobre los efectos neuroconductuales crónicos presentados por un grupo de sujetos que sufrió las consecuencias de un ataque terrorista con Sarin en el metro de Tokyo en 1994. El estudio fue realizado con un grupo de 18 intoxicados y un número similar de controles sin ningún contacto con estos productos y se descartaron aquellos con patología neurológica o psiquiátrica. Cómo se observa en la Tabla 2, los intoxicados obtuvieron peores resultados en la realización de tareas psicomotoras (persistencia motora, atención sostenida, velocidad de respuesta y coordinación visomotora) que no correlacionaron con las medidas de ChE tomadas el día de la intoxicación y el del estudio. Lo novedoso de este estudio fue incluir el factor “estrés post-traumático” como covariante en el análisis de las pruebas neuropsicológicas completadas por los sujetos, así como en un cuestionario de salud (GHQ) y un inventario de estado de ánimo (POMS). En todos los casos las puntuaciones en la escala de estrés post-traumático (PTSD) fueron superiores en el caso de los intoxicados, explicando los resultados de las puntuaciones en las escalas de ansiedad-tensión, depresión, hostilidad (POMS), fatiga (GHQ) e incluso en la curva de aprendizaje verbal. Los autores concluyeron que sólo la ejecución psicomotora podía ser considerada como una secuela directa del envenenamiento, no mediada por factores de estrés.

Recientemente ha sido publicado un trabajo [24] realizado con la población de Costa Rica en el que se valoran los déficit neuropsicológicos en agricultores levemente intoxicados por ICEs (sin hospitalización), aproximadamente dos años después del episodio. Además este estudio evalúa separadamente los efectos derivados del envenenamiento por los dos tipos de sustancias inhibidoras de colinesterasas: Ops y carbamatos. Tras la aplicación de un protocolo de exploración neuropsicológica que valora memoria, atención, habilidades visomototas y psicomotoras, lenguaje y afecto (Ver Tabla 2), obtienen, en general, una peor ejecución por parte de los intoxicados en la mayoría de las pruebas, pero solo significativamente en tareas visomotoras y psicomotoras, sobre todo por parte de los expuestos a Ops y sobre todo, en los que habían estado recientemente expuestos a estas sustancias (3 meses aprox). También registraron un marcado incremento de síntomas neurospiquiátricos en trabajadores intoxicados por organofosforados.


CONCLUSIONES:

En los últimos años un suficiente números de casos de intoxicación aguda por sustancias anticolinesterásicas han revelado un patrón reconocible de anomalías neuropsicológicas que pueden ser detectadas y medidas por una evaluación apropiada y con un control exhaustivo de variables que pueden afectar a dichos resultados: nivel educativo, exposición reciente a ICEs, tipo de intoxicación (leve, media, grave), tipo de sustancia y otras cuestiones de la vida laboral del sujetos (años de exposición, por ejemplo). Si estas alteraciones son o no persistentes, está aún por demostrar. Por otro lado están los problemas a la hora de establecer una relación entre la dosis-respuesta, ya que hay un conjunto de factores que están influyendo en esta (grado de intoxicación, tipo, producto y variabilidad individual entre otros ejemplos).

Los resultados obtenidos por los diversos estudios reflejan déficit visomotores y psicomotores, a la par que alteraciones en el estado de ánimo o en las escalas de estrés post-traumático cuando este ha sido medido. A medida que progresan los años y se van realizando estudios, se va afinando en el tipo de sujetos a incluir en el estudio y en los controles a realizar. Así mismo, se van haciendo más específicas las baterías de exploración, aunque siguen teniendo un carácter exploratorio y adecuado a la población con la que se realiza (hispana en el caso del estudio de Rosenstock [11] y Wesseling [24], y oriental en el de Yokoyama [23]. Los diferentes tests y pruebas utilizadas en la evaluación se ajustan a diferentes protocolos de investigación, y aunque en algunos casos se encuentran discordancias atribuibles al tipo de tareas y baterías utilizadas, la perspectiva general es consistente y de peso en la gran mayoría de los estudios.

Se controla por ejemplo, el tipo de sustancia que ha producido la intoxicación. Mientras que en uno de los primeros estudios [10] se incluían a sujetos intoxicados por organoclorados, en los estudios más recientes [24] se estudian los efectos de la intoxicación por Ops y carbamatos separadamente.

Por otra parte, en algunos estudios se han realizado medidas de colinesterasa a la par que la exploración neuropsicológica. Esta medida permite controlar si los sujetos han estado expuestos recientemente a estos plaguicidas así como valorar si las posibles diferencias en la actividad de estas enzimas pueden explicar los posibles resultados. Datos obtenidos en nuestro grupo (aún sin publicar) y en estudios anteriores [25] [26], apuntan la idea de la baja predicitibilidad de los valores de la colinesterasa plasmática respecto a las secuelas neuropsicológicas a largo plazo. Guiando así, la búsqueda hacia otros biomarcadores de neurotoxicidad y hacia otros mecanismos explicativos de estas disfunciones.

Los trabajos anteriores parecen indicar cierta relación entre el grado de intoxicación y los resultados en las tareas de funcionamiento cognitivo y emocional. Como señala Wesseling [24], aún cuando se trata de intoxicaciones medio-leves, se encuentran ciertos dominios cognitivos afectados (visomotores) y síntomas neuropsiquiátricos y una ejecución, generalmente más deteriorada en los intoxicados. Este parece ser el factor común a todos los trabajos. Aún así es difícil establecer una relación dosis-respuesta y obtener criterios objetivos para la clasificación de los sujetos en un grado de intoxicación. Actualmente se utilizan los criterios de “sintomatología colinérgica”, “necesidad de hospitalización” e “inhibición de colinesterasa”.

Hay varias hipótesis posibles que se postulan para explicar los efectos neurotóxicos hallados, pero en ningún caso el mecanismo básico está claro. Por una parte, el mecanismo por el que se producen los cambios neuroconductuales/neurológicos crónicos se desconoce, pero se pone en duda su relación con la inhibición de AChE o con la inhibición de la enzima NTE. [3]. Con respecto a las colinesterasas muy pocos estudios han podido establecer correlación entre las secuelas cognitivas y psicológicas halladas y los valores de las enzimas, y sólo, cuando se registran muy poco tiempo después tras la exposición a estas sustancias [27]. Algunas medidas fisiológicas, como la realizada sobre la conducción nerviosa en los sujetos expuestos a clorpirifos (un Op) apenas correlaciona con los valores de la AchE, siendo parece ser la BuChE más sensible a los efectos de los ICEs sobre la salud. Aún así, los niveles de ésta presentan grandes diferencias entre individuos e incluso se registran diferentes capacidades de hidrólisis dependiendo de la variabilidad genética presentada, al menos a lo que BuChE se refiere [28]. Algunas interpretaciones [29] señalan que no sólo los mecanismos colinérgicos han de ser considerados, puesto que el proceso de inhibición de las colinesterasa podría implicar a sistemas de segundos mensajeros, o a otros sistemas de transmisión como propone Nishiwaki [30] respecto a los resultados de su trabajo: una inhibición de la liberación del neurotransmisor GABA en las neuronas hipocampales, podría explicar los déficit de las funciones mnésicas. Se propone [31] (1)que otro tipo de esterasas pueden ser incluso más sensibles a la acción de los OP que la propia AchE. De forma que se atribuyen algunas de las secuelas congnitivas y neurológicas a la acción de estos plaguicidas sobre otras esterasas e incluso sobre algún sistema de neuropéptidos.

También se está proponiendo como un mecanismo de susceptibilidad la variabilidad entre individuos, polimorfismo genético, en la expresión de algunas enzimas encargadas de la detoxificación de los organismos. Estudios recientes han apuntado que la forma y el estatus individual de la enzima PON1 juega un papel relevante en la capacidad de respuesta a la toxicidad por los Ops. Aunque en humanos ha sido difícil de establecer la relación entre la gravedad de los síntomas presentada por los intoxicados y la actividad de PON1 en algunas de sus formas [32].

Por otro lado, algunos resultados se han atribuido a los estados de coma e hipoxia la causa de los hallazgos obtenidos en estos estudios aunque bien es cierto que, en la mayoría de los estudios publicados o en los intoxicados incluidos en un estudio en desarrollo por nuestro grupo, se descartaron aquellos sujetos que habían sufrido estado de coma o hipoxia mientras estaban recibiendo tratamiento hospitalario por la intoxicación. En este sentido, sería de interés incluir en investigaciones futuras la necesidad de tratamientos, como por ejemplo los anticonvulsivos (benzodiacepinas) requeridos por algunos sujetos intoxicados, y que puedan estar afectando a los resultados. También se ha cuestionado la relación entre la intoxicación por Ops y las alteraciones neuropsicológicas, presuponiendo alegremente que estas, incluso, estaban presentes antes del envenenamiento[33].

Los OPs, por otra parte, también parecen estar relacionados con la respuesta emocional. De hecho, la similitud entre los síntomas del estrés post-traumático y las respuestas ante los compuestos inhibidores de ChEs (deterioro cognitivo, depresión, irritabilidad), sugieren un mecanismo básico común. Mediante estudios in vivo e in vitro se ha comprobado que se producen cambios moleculares paralelos tras la activación colinérgica aguda, causada tanto por la acción de los inhibidores de ChE como por estrés [34]. Estudios de hibridación in situ con animales parecen indicar un aumento de los niveles de una de las formas solubles de AChE, concretamente de la AChE-R que está implicada en la supresión de la hiperexcitabilidad post-estrés. Estas modulaciones en la expresión genética colinérgica actuarían reduciendo tanto la ACh como la neurotransmisión colinérgica que ocurre tras el estrés jugando un papel crucial en el establecimiento de la actividad cerebral tras una experiencia traumática, aunque podría producir alteraciones a largo plazo[35][36].

Prácticamente son nulos, los estudios de seguimiento realizados en sujetos intoxicados por estas sustancias, aunque si existen algunos casos en los que se recogen alteraciones sensoriales, neurológicas y neuromusculares (tipo OPIDN por ejemplo) en pacientes que sufrieron intoxicaciones agudas previas. Pero son escasos los estudios que refieren secuelas neuropsicológicas permanentes a largo plazo y que miden la evolución de estas secuelas, diferenciando entre un efecto agudo (quizá más relacionado con la sobreestimulación colinérgica) de las posibles secuelas permanentes o crónicas, debidas posiblemente a alguno o varios de los mecanismos apuntados anteriormente.

Un par de estudios intentan valorar las secuelas en el SNC tres años después de un ataque terrorista con sarin en el metro de Tokio Nishiwaki [30], aunque en este caso los sujetos que formaban el grupo experimental no habían sufrido intoxicaciones por este Op, sino que habían estado expuestos en el lugar del ataque. Mostraron una peor ejecución en la prueba de Dígitos (Inversos) en una manera dosis-dependiente y en tareas de retención visual, sin que estos resultados fueran atribuibles al estrés post-traumático.

Hay otro estudio realizado por el grupo de White [37] que pretende evaluar las secuelas a largo plazo de los soldados (veteranos) que estuvieron expuestos a ICEs en la Guerra del Golfo. Mediante la aplicación de una batería neuropsicológica en la que se medían capacidades atencionales, ejecutivas, psicomotoras, visoespaciales y mnésicas, junto con una valoración del estado de ánimo y la motivación, encontraron sutiles diferencias en el funcionamiento cognitivo, y alteraciones en el estado de ánimo, atribuidas a la exposición a estos neurotóxicos. Al igual que en el estudio anterior, en estos sujetos no se registraron intoxicaciones y se relacionan los resultados obtenidos con una supuesta exposición a las armas químicas.

Cuando se trata de estudios con sujetos expuestos sin signos de intoxicación aguda, se han obtenido resultados equívocos y sutiles. Los resultados de los trabajos que han evaluado las funciones mnésicas, el procesamiento de señales, vigilancia, lenguaje y percepción sugieren que las funciones cognitivas superiores son relativamente resistentes a las intoxicaciones leves o crónicas en sujetos expuestos a estas sustancias [13].

Se hace por tanto necesario la realización de estudios de seguimiento a largo plazo, dónde se valore las alteraciones cognitivas tras la intoxicación y al menos un año transcurrida esta, de tal forma que se valore si las secuelas neuropsicológicas pueden ser establecidas como crónicas y permanentes, sin que se vean mediados los resultados por una inhibición temporal de las colinesterasas.

En conclusión, los estudios revisados apoyan la idea de que las sustancias ICEs producen efectos adversos crónicos en un amplio espectro de funciones del sistema nervioso central. Se hacen necesarios otros estudios dónde se evalúen las posibles secuelas crónicas y permanentes tras estas intoxicaciones y donde se valore la posible susceptibilidad a alteraciones neuropsicológicas o neuroconductulaes en sujetos previamente afectados por exposición crónica o intoxicación. La sociedad occidental demanda una gran cantidad y variedad de productos agrícolas durante todo el año que requiere de una producción intensiva. En la agricultura bajo plástico trabajan de manera continua o esporádica decenas de miles de personas. En particular en nuestro país se encuentra la región con mayor densidad del mundo este tipo de agricultura, con una actividad diversificada que abarca prácticamente todo el año. El gran número de personas expuestas cronicamente a plaguicidas, y la inevitabilidad de los accidentes laborales aconsejan un seguimiento del estado de salud continuo y exhaustivo de estos trabajos incluyendo, como hemos podido comprobar hasta aquí, pruebas funcionales del Sistema Nervioso Central.


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