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Las semillas del diablo (Los alimentos transgénicos invaden Europa)
Sira Rego18
de agosto del 2003
Rebelión
En 1950 bajo la bandera de la
Revolución Verde, se inició una etapa de desarrollo agrícola sin precedentes.
Avalada por organismos internacionales como el Banco Mundial, la floreciente
industria de la agricultura confió en el uso de pesticidas y fertilizantes como
vía rápida para resolver el hambre en el mundo. Sin embargo, esta meta sólo
contribuyó a mantener el crecimiento del déficit de la balanza alimentaria de
los países pobres, al tiempo que aumentaba los excedentes en los países ricos.
Cuatro décadas más tarde los grandes "popes" de la economía global,
impulsados nuevamente por el Banco Mundial y la Organización Mundial del
Comercio, nos auguran una segunda Revolución Verde. Esta vez de la mano de la
biotecnología llegan los alimentos transgénicos.
Llamados también organismos modificados genéticamente (OMG), los transgénicos
son organismos vivos creados artificialmente a los cuales se introduce uno o
varios genes de otro ser vivo (virus, bacteria, vegetal, animal o humano). Se
franquea así la barrera entre especies generando seres vivos que no existían
anteriormente. El resultado de este cruce genera sin duda semillas mejoradas,
que además de resistir la acción de plagas e inclemencias del clima, pueden
crecer en condiciones extremas, lo cual garantiza las cosechas y optimiza los
rendimientos.
No obstante, tras la bondad de estos datos se encuentra una realidad alarmante.
Los riesgos sanitarios a largo plazo de los OMG presentes en nuestra alimentación
o en los animales de los que nos alimentamos, no están siendo evaluados y su
alcance sigue siendo desconocido, ya que los estudios de impacto se están
realizando a posteriori. De sus resultados se ha estimado que puedan aparecer
alergias, resistencia a los antibióticos, efectos acumulativos y carcinogénesis.
El impacto puede llegar a ser irreversible, valga como ejemplo el desastre
producido por la compañía japonesa Showa Denko que diseñó una bacteria que
se empleaba en estos cultivos. Las consecuencias fueron funestas: 37 personas
muertas y 1500 con daños permanentes.
El otro gran perjudicado es el medio ambiente. Además de la contaminación
tradicional por el uso de pesticidas y plaguicidas que aplicados a los OMG se
denominan biocidas, se acuña un nuevo concepto de degradación del ecosistema:
la erosión genética. Esto supone la contaminación de especies silvestres con
pólenes de plantas modificadas, lo que produce una homogenización de la
diversidad biológica y por lo tanto conduce a la desaparición de multitud de
especies, que constituían centros de diversidad.
Pero, ¿qué intereses se ocultan tras estos alimentos? A juzgar por las cifras
son numerosos. Hasta el 2002, los OMGs ocupaban el 16% del total del área
mundial, con cuatro especies básicas (58% de soja, 12% de maíz, 12% de algodón
y 7% de canola). Se estima que el mercado de los transgénicos llegará a
cotizarse en algo más de 3.000 millones de dólares para finales este año, con
un crecimiento anual del 10%.
A la cabeza de esta tecnología se encuentran grandes transnacionales como
Monsanto, Novartis, Aventis, DuPont, Bayer, Hi-Breed y Astra-Zeneca. La
biotecnología se ha convertido en un multimillonario negocio de unas cuantas
empresas formadas por sociedades anónimas, que a través de la venta, fusión o
absorción, pueden aparecer o desaparecer convertidas en otras, eludiendo así
posibles responsabilidades de daños a medio y largo plazo. No es raro que los
países desarrollados, especialmente EEUU, principal exportador del mundo, sean
los más interesados en este negocio, ya que las grandes corporaciones biotecnológicas
pertenecen a ellos.
La mayoría de las innovaciones en este campo están motivadas por criterios
económicos. De hecho se crea una dependencia directa del agricultor con estas
grandes empresas, debido a que los cultivos transgénicos son plantas patentadas
con derechos de propiedad intelectual que prohíben a los agricultores
reproducir, intercambiar o almacenar semillas de su propia cosecha. También nos
encontramos con semillas estériles en su segunda generación, o semillas
suicidas con características que pueden ser activadas o desactivadas por
sustancias "reguladoras". Por supuesto, comercializadas sólo por
estas industrias, lo que implica una inversión anual para garantizar sucesivas
cosechas y asegurarse pingües beneficios.
En mayo de 2003 Estados Unidos denunció ante la Organización Mundial del
Comercio la moratoria europea a la comercialización de nuevos OMGs. En ella, la
Unión Europea (UE) establecía un férreo control sobre los alimentos transgénicos.
La posibilidad de comercializar nuevas especies era prácticamente nula. Resulta
paradójico que sólo dos meses después de la denuncia y de las duras
declaraciones de Bush acusando a la UE de connivencia con el hambre en los países
pobres, ésta haya aprobado un nuevo reglamento sobre comercialización y
etiquetado de alimentos modificados.
Sospechas no infundadas surgen al comprobar que este nuevo reglamento disminuye
el control de estos alimentos admitiendo la presencia de hasta el 0,9 % de
sustancia contaminante que no deberá ser indicada en el etiquetado. Sospechas
también cuando las grandes corporaciones estadounidenses van a tener un nuevo
mercado en Europa que incrementará significativamente sus beneficios. El camino
abierto a los transgénicos nos augura un futuro gris. Hasta ahora, en Europa se
comercializaban 18 especies modificadas; con el nuevo reglamento podrían
incrementarse al doble en tan sólo unos meses. Además, aunque el etiquetado es
obligatorio, las normas resultan confusas en algunos puntos, no garantizando el
derecho de libre elección del consumidor.
Es alarmante constatar que al tiempo que estas grandes multinacionales se
enriquecen concentrando la producción agrícola, millones de personas pierden
el legado histórico de su entorno natural y ven desaparecer su medio de vida.
"Somos lo que comemos", decía Hipócrates. Pero, ¿qué comemos?
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